El padre Pio de pietrelcina era un gran devoto del rosario. A continuación extraemos de su biografía hecha por Leandro Sáez de Ocáriz los siguientes textos:
" ¡Quién podrá contar -escribe el padre Francesco Napoletano, religioso que convivió muchos años con el padre Pío- los rosarios que rezó en el arco de una vida tan larga y maravillosa? Llevaba siempre el rosario consigo, o enrollado en la mano o en el brazo, como si fuera una sarta de perlas o un escudo de defensa".
Tenia rosarios en todas partes, bajo la almohada, en la mesilla de noche, en los bolsillos, dondequiera... Era el religioso del rosario. Consideraba el rosario como su arma predilecta contra toda clase de enemigos.
En cierta ocasión en que estaba enfermo, postrado en cama, notó que se le había extraviado el rosario. Le dice al padre Honorato que le asistía: "¡Oye! ¡Oye! Mira bien a ver si encuentras mi arma. ¡Tráeme enseguida el arma!". Entendió pronto que se refería al rosario.
Con frase feliz se le llegó a llamar "el devorador insaciable de rosarios". Ciertos devotos le preguntaban poco antes de morir: "¡Padre! ¿Y que es lo que nos podría decir ahora? ¿Qué es lo que nos recomendáis?". Respondía: "¡Amad a la Virgen y hacedla amar! Rezad el rosario; rezadlo siempre. ¡Rezadlo cuantas veces podáis! Es verdad, sí , que Satanás impera en el mundo; pero impera porque otros le dejan imperar. ¿Puede acaso un espíritu dominar de por si a nadie, si no se une a las voluntades libres de los hombres? ¡Quién mucho ora, se salva de seguro. Quien poco ora está en peligro de no salvarse y quien no ora nada, ese está en camino de perdición! La oración del rosario es la oración que hace triunfar de todo y a todos. Ella, María, nos lo ha enseñado así, lo mismo que Jesús nos enseñó el padrenuestro".
En cierta ocasión visitaba al padre Pío el obispo Monseñor Pablo Corta, juntamente con un amigo suyo, oficial del ejército italiano; el obispo le pedía al padre Pío, bromeando, un billete de entrada al paraíso para el militar. El padre Pío, sonriente, le responde: "¡Ah! ¡Sí! ¡Sí! Con mucho gusto. ¡Para entrar en el paraíso se requiere algo muy importante! Hay que contar con el billete de acceso a la santísima Virgen. Si esto se consigue, lo hemos conseguido todo. Ella es la Puerta del Cielo. Y el billete que te permita el ingreso en el cielo es el Santo Rosario. Este es el billete. Toma, pues, toma el billete para entrar en el cielo", le dice al militar, mientras con su mano le alarga un rosario.
Es muy probable que el Padre Pío muriera viendo presente a la misma Reina del cielo. Pasó los últimos instantes de su vida, acomodado difícilmente en un sofá, en su celda; pendía de la pared próxima, ante su vista, el retrato de su madre y el cuadrito de Nuestra Señora de La Líbera. El padre Pellegrino, que le asistía en aquel momento, le entretenía, recordándole lo buena que había sido su propia madre, cuyo retrato tenia delante.
"¡Sí! ¡Sí! -le respondió fatigosamente-; ¡Sí! ¡Ya la veo, no te preocupes! ¡Ahí veo yo no una, sino dos madres!".
Y ante la insistencia del padre Pellegrino que le mostraba de nuevo el retrato de la señora Giuseppa, le volvía a repetir: "¡Pero no te preocupes! ¡Te digo que la veo muy bien! ¡Y que tengo ahora en mi presencia no una, sino dos madres!".
Y no sabemos si la imagen que tenía el padre Pío era la imagen de nuestra Señora de La Libera o la real y verdadera de la Santísima Virgen, viva y presente, en la que el padre Pío fijaba sus ojos, llenos de viveza, de luz, de alegría y de esperanza, como tantas veces la había visto en sus éxtasis de otros momentos de su vida.
El caso es que al poco tiempo de decir esto, se le nubló la vista; estaba con el rosario entre sus dedos; fue inclinando poco a poco la cabeza y " en la actitud mas serena y dulce que nadie ha podido ver a humano alguno en semejantes momentos, expiró".
Como testimonio de la devoción que el padre Pío sintiera al santo rosario, fue enterrado con la cruz, con la Regla de San Francisco entre las manos y con el Santo Rosario entrelazado en sus dedos. Sobre la puerta de la celda que habitó el padre Pío están escritas estas palabras de San Bernardo que han iluminado todos los pasos de su vida: "María es toda la razón de mi esperanza".